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Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día: así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo –esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
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-------------Poema I del Libro Primero de
------------------Don de la ebriedad (1953)
Presentación
Esta propuesta no pretende ser una presentación. Lejos de mí tamaño prurito. Lo único que busco es una doble celebración. La primera, y como anticipo de que el próximo año se cumplen los diez de su muerte, la de alegrarnos y maravillarnos de haberle tenido entre nosotros: muy pocas veces los vivos muestran el orgullo de haber sido coetáneo de alguien que siendo don (o sin serlo) era portador de su don. Y la otra celebración, la de manifestarse satisfecho por disfrutar de una envidia sana (santa envidia, según muchos) ante lo que ve, lee, oye o siente o vislumbra en los hechos destacados de muchos de sus coetáneos. De esta última celebración (pecado capìtal, supongo que era antes) participo frecuentemente y no me avergüenzo: en una tertulia de rebotica en Palencia leí de muy joven esta obra y sentí envidia y aún ahora la siento normalmente cada semana, cuando leo la propuesta de este blog .
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Hace 7 horas
