Garcilaso de la Vega, Soneto XV
Si quejas y lamentos pueden tanto
que enfrentaron el curso de los ríos
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto
Si convirtieron a escuchar su llanto
los fieros tigres y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto
¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida en miserias y lágrimas pasada
un corazón conmigo endurecido?
Con más piedad debería ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora por otra cosa.
Si quejas y lamentos pueden tanto
que enfrentaron el curso de los ríos
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto
Si convirtieron a escuchar su llanto
los fieros tigres y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto
¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida en miserias y lágrimas pasada
un corazón conmigo endurecido?
Con más piedad debería ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora por otra cosa.
Comentario.
Me gusta de este poema la invitación a leerlo varias veces para entender, primero, la anécdota que parece originarlo: la habitual de la poesía cortesana, el amor no correspondido. Pero me gusta más el enigma que plantea sobre el paradójico lugar de las expresiones de dolor. No el dolor, sino su expresión, dice el poeta, es el Orfeo de nuestra existencia, capaz de bajar a los reinos del espanto y truncar el curso de la historia. Y sin embargo, cuando necesitamos que nuestra queja surta efecto se vuelve inofensiva e impotente. Es parte de la condición humana esta paradoja.